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MANZANAS DE PROUST
Mi abuela guardaba en el armario manzanas relucientes del jardín del fondo para perfumar los armarios. Allí prestaban su aroma a los abanicos junto a un frasquito de perfume abierto de Maderas de Oriente. Al abrir el armario un aroma mágico de frutas orientales emanaba de los chales, lo abanicos, los vestidos.
Mi abuela vestida para salir olía a manzanas de oriente. Envuelta en fruta ácida y misterio.
Cuando abandonamos en el tiempo aquella casa familiar, los pasteles de manzana, los perfumes orientales, las confiterías y las pastelerías, me recordaban a mi abuela como si un Proust alegre y vitamínico nos trasladase del presente a la inexistente habitación de la abuela. Como si los cuentos de hadas, los relatos de su adolescencia y primera juventud regresaran de golpe y en flash back, retazos de una vieja película en technicolor del árbol familiar. De repente, aparecía aquella vez que haciendo croché en el jardín le cayó una tarántula en el hombro y ella con sangre fría la ensartó con la aguja y la lanzó contra la higuera. Era bueno tener reflejos rápidos en la naturaleza exuberante. Y continuar tejiendo mientras moría la araña y temblaba la higuera.
Era bueno saber que los tornados nunca pudieron con la casa y sólo alguna vez rompieron los brillos de colores de la claraboya en alguna noche desapacible de su vida. Era bueno saber que todo perdía fuerza o ganaba fuerza, que todo era móvil las noches de verano y estaba encantado. Los grillos, las libélulas, bailarinas del aire, que Lau yo imitábamos con una cabecita de dátil salvaje, cuerpo plateado y alas de celofán.
Era bueno saber que la vida era diáfana y las noches claras. Que la Cruz del Sur hacía el cielo nocturno un espacio sagrado.
Y que los sueños vivían envueltos en manzanas y papel de seda, jerséis de angora o pullover de lana fría. Satén y encanto, música y poemas. Estampados orientales sobre fondo negro, zapatos de princesa para ir a una embajada o tiara victoriana.
Manzanas de Vivaldi caían de los árboles junto a las estaciones. Los zapatos iban empequeñeciendo como piececitos vendados de la China en hueco de charol donde cabía un deseo. Y un corazón de siete años contemplaba los sueños en el espejo velado de aquel armario mágico, donde una joven pelirroja y blanca se reflejara un día con sus guantes de encaje y su esperanza junto a un muchacho de ojos con apellido. Y después dos niños de bucles de caoba. Y después dos niñas y una perra Pacha. Y después...
Y todo giraba y giraba, Blancanieves giraba y escupía la manzana envenenada. Eva
giraba, y giraba Lilit .Giraba el tiempo, giraban los árboles. La Osa Mayor aparecía en el cielo y las niñas subían por zapatos de estrellas hacia la perfumada edad de la manzana. Allegro assai.
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